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cómo separar lo emocional de lo racional

«Mi empresa es mi vida»: cómo separar lo emocional de lo racional

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De todas las frases que escuchamos cuando nos sentamos con un empresario que está pensando en vender, hay una que aparece casi siempre: «Es que esta empresa es mi vida». Y es completamente verdad. Por eso vender es tan difícil, y por eso la parte más complicada del proceso no es la financiera ni la legal, sino la emocional.

No hay nada malo en sentir eso. Si llevas veinte o treinta años construyendo algo, es natural que ese algo forme parte de tu identidad. El problema aparece cuando ese vínculo emocional empieza a condicionar decisiones que deberían ser racionales: rechazar ofertas justas porque «no llegaban a lo que valía», retrasar el proceso durante años por miedo a lo que viene después, o idealizar la empresa hasta el punto de no ver sus puntos débiles como si no existieran.

El precio que pones tú y el precio que pone el mercado

Uno de los momentos más reveladores de nuestra labor como asesores es cuando le preguntamos a un empresario cuánto cree que vale su empresa. La cifra que nos da casi siempre incluye, de forma invisible, el esfuerzo de toda una vida, la ilusión de los primeros años, los malos momentos superados y el orgullo de haber llegado hasta donde está. Todo eso tiene un valor enorme a nivel personal, pero un comprador no paga por la historia: paga por los flujos de caja futuros, por la posición en el mercado y por el riesgo que asume.
Eso no significa que tu empresa no valga lo que crees. Puede que valga más. Pero el ejercicio de separar el valor emocional del valor de mercado es imprescindible para entrar en una negociación con los pies en el suelo.

Tres preguntas que ayudan a poner orden

¿Comprarías esta empresa si no fuera tuya? Es una pregunta incómoda, pero muy útil. Te obliga a mirar el negocio desde fuera, con los ojos de un inversor que no conoce la historia ni tiene cariño por nada de lo que hay dentro.

¿Qué parte de lo que te importa es realmente transferible al comprador? Los clientes de confianza, el equipo, la marca, los contratos: eso sí tiene valor para un comprador. La satisfacción personal de haberlo construido, no.

¿Estás dispuesto a escuchar una valoración independiente, aunque no te guste? Si la respuesta es sí, estás listo para empezar el proceso con la actitud correcta.

Un dato de nuestra experiencia: los empresarios que mejor venden son los que llegan al proceso habiendo hecho ya este trabajo interno. No los que más saben de finanzas, sino los que tienen más claridad sobre por qué quieren vender y qué esperan obtener, más allá del precio.

Lo que un buen asesor debería hacer por ti en esta fase

Acompañarte en esta reflexión es una parte fundamental del trabajo de un asesor de M&A, aunque a veces no se vea como tal. No se trata solo de hacer números y buscar compradores: se trata de ayudarte a llegar al proceso con las ideas claras, las expectativas alineadas con la realidad del mercado y la seguridad de que estás tomando la decisión por las razones correctas.
Porque una venta bien hecha no es solo una buena operación económica. Es también una transición de vida. Y eso merece el mismo cuidado que los contratos y los balances.

Próximo artículo: ¿Cuánto vale realmente tu empresa? Y por qué no es lo que tú crees (y tampoco lo que crees que crees).

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